La belleza de los almendros en flor, cuando apuntan los primeros cambios meteorológicos tras los duros días del Invierno, hacen de los recuerdos la mejor vía para rescatar del olvido a nuestros seres más queridos, a aquellos que, tras los padres, han significado tanto en las vidas de todos nostros: nuestros abuelos.
Su inmortal presencia, cargada del cariño que se les profesó, merece ser visualizada permanentemente por el medio que sea, y es, probablemente, la flor del almendro la que mejor pueda materializarlo.
Tengamos, pues, en este pequeño reducto, un lugar para la memoria de nuestros mayores, para aquellos que lo dieron todo sin esperar nada más que el abrazo y el beso de sus nietos.
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